El caso de Christian Stuani es extraño donde los haya. Siempre que el uruguayo parece condenado a pasar desapercibido, termina resurgiendo con más fuerza. Hace dos temporadas fue una máscara la que le hizo transformarse en un jugador irreconocible, entiéndase que para bien. Esta campaña ha aparecido desde las sombras del banquillo para erigirse como héroe de Cornellà.
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| Stuani, a pesar de no ser titular, es el actual pichichi del Espanyol. |
El talento puede adoptar muchas formas. Mientras para unos supone simplemente sobresalir en una condición en concreto (ser rápido, fuerte, creativo…), en otros casos reside en el hecho de saber reinventarse siempre ante una nueva adversidad. En este sentido, la carrera de Stuani no ha sido fácil precisamente. Su trayectoria, al menos hasta hoy, podría resumirse en que el atacante uruguayo ha tenido que dar lo mejor de sí cuanto más lo han alejado de la portería rival.
La eclosión del charrúa en el panorama futbolístico español fue la de muchos que llegaron sin ser nadie. En el año 2009, el Albacete de Segunda División consiguió la cesión de un muchacho que en dos temporadas con la Reggina, en la Serie A, apenas había contado con minutos en los que logró marcar un solo tanto. El caso es que no se sabe muy bien ni cómo ni por qué, en el equipo manchego empezó a marcar y marcar. Al finalizar la temporada había alcanzado los 22 tantos, lo que le valió jugar con el Levante en Primera la siguiente campaña. Tras una temporada con los valencianos y otra en el Racing, donde nunca terminó de romper como el goleador nato que muchos esperaban, parecía que su fichaje por el Espanyol en 2012 podría ser su última oportunidad para asentarse en la élite.
Sus inicios con el equipo perico fueron en la misma línea, con un papel más discreto que llamativo. Sin embargo, cuando nadie tenía ya puestas demasiadas expectativas en él, una lesión en el pómulo marcó un punto de inflexión en su carrera. El antiguo Stuani desapareció de Cornellà y en su lugar empezó a jugar un bravo guerrero enmascarado que arrancaba los aplausos de la afición blanquiazul. Su lugar ya no era el área rival como muchos esperaban, sino la banda, desde donde supo reinventarse para ganarse un puesto en el equipo titular. Nunca más volvió a ser un goleador (7 y 6 tantos las últimas temporadas) pero aportaba otras cosas que el equipo agradecía, entre ellas mucho trabajo y sacrificio. Las 14 amarillas con las que terminó su primera campaña con los blanquiazules dieron fe de ello.
Con la marcha de Javier Aguirre del banquillo y la llegada de Sergio González, tocaba empezar otra vez de cero, había que ganarse al entrenador. El aterrizaje de fichajes como Caicedo, más la presencia del indiscutible Sergio García, complican demasiado la cosa en el ataque. Su habitual sitio como titular en la banda tampoco parece estar ya asegurado. El actual rol de Stuani es más de suplente que de titular y sin embargo… ¡Tatatachan tachan! ¡Es el pichichi del equipo!
Con 6 tantos en lo que va de Liga, el charrúa promedia un gol cada 129 minutos, es decir, prácticamente cada partido y medio. Algo que es muy de elogiar teniendo en cuenta lo difícil que está el gol para equipos humildes como el Espanyol. Y así es como Stuani sigue agrandando su extraña leyenda. Le mandaron a la banda y respondió. Le mandaron al banquillo y sigue respondiendo. Cuando el domingo su equipo estaba en peligro ante el Granada, él apareció al rescate para anotar el definitivo 2-1. En Cornellà ya no es “el enmascarado”, ahora lo conocen como “el tapado”.
