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miércoles, 10 de diciembre de 2014

El Eibar, como la gravedad


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El fútbol, como cualquier cosa en la vida, no es únicamente una cuestión de talento, sino también de cuanto se aprovecha ese potencial. Equipos con aparentes buenos jugadores que se hunden en la mediocridad y equipos aparentemente limitados que resultan ser buenos. El paradigma del segundo caso lo tenemos este año en Ipurúa.


Los futbolistas del Eibar celebran un gol marcado por Arruabarrena contra el Rayo Vallecano en el encuentro perteneciente a la novena jornada de la Liga
Jugadores del Eibar celebran un gol de Arruabarrena contra el Rayo.
FOTO: lfp.es

Cuenta el tenista Andre Agassi en sus memorias (lectura muy recomendable, de nada) como descubrió la filosofía que le supuso un salto cualitativo en su carrera. Fue a través del entrenador Brad Gilbert, que como tenista en activo llegó a ser el número 4 del mundo a pesar de no contar con ningún talento en especial para ese deporte. Esta fue una de las cosas que Brad le dijo a Agassi en su primer encuentro: “Deja de pensar en ti y en tu propio juego, y ten en cuenta que ese tío que hay al otro lado de la valla tiene sus puntos débiles. Ataca sus debilidades. No tienes por qué ser el mejor jugador del mundo cada vez que sales a la pista. Te basta con ser mejor que ese tío en concreto. En lugar de ser tú el que triunfe, consigue que sea él el que fracase. Mejor aún, deja que fracase”.

El Eibar nos está enseñando esta temporada precisamente eso. Que no hay que ser ni mucho menos el mejor equipo del mundo para competir ante cualquier rival y vencer a buena parte de ellos. Me imagino a muchos entrenadores de la Liga BBVA pasando noches en vela, dando vueltas en su cama para descubrir la compleja ecuación que les de la llave de la victoria ¿Cómo hacer tanto con tan poco? Deben preguntarse buena parte de ellos. Garitano va un paso por delante porque sabe que simplificar esa ecuación es jugar ya con una importante ventaja, que no hace falta ser perfecto, sino ganar.

Asumes un riesgo excesivo. Y no te hace falta asumir tanto riesgo. A la mierda el riesgo. Tú deja, simplemente, que la pelota siga en movimiento. A un lado y a otro. Con facilidad, suavemente. Con solidez. Sé como la gravedad, tío; tú, como la gravedad, joder”.

Dicho y hecho. El equipo guipuzcoano es actualmente noveno en la clasificación, a nueve puntos del descenso y tan sólo a cinco de Europa. Ha ganado cinco partidos, los mismos que ha perdido, y han empatado otros cuatro. Entre esas derrotas figuran los encuentros ante equipos como Atlético, Barcelona y Real Madrid, donde dio la cara en todos ellos. Me gustaría recordar a título personal que en la visita de los blancos a Ipurúa, que finalizó con 0-4, marcaron dos goles que no debieron subir al marcador, el primero de ellos (que les permitió abrir la lata en un partido hasta el momento sufrido) con doble fuera de juego. Y es que ya se sabe que no hay gravedad que pueda contra las inercias arbitrales en favor de los equipos grandes.

Cuando persigues la perfección, cuando conviertes la perfección en el fin último, ¿sabes que estás haciendo? Estás persiguiendo algo que no existe. Y haces desgraciados a todos los que te rodean”.

Si hay un jugador que para mí representa el espíritu de este equipo y también su actual situación ese es Mikel Arruabarrena, que actualmente es el máximo goleador de la plantilla con cuatro goles, además de haber dado dos asistencias. Idolatrado hoy entre su afición, muchos no saben que este mismo futbolista fue muy cuestionado y criticado por los mismos cuando el equipo estaba en Segunda B ¿La razón? Que Arru -como allí le conocen- no es ni nunca ha sido un jugador de grandes virtudes técnicas ni goleadoras, que es lo que se suele pedir a un delantero. Él también era consciente de que no podía perseguir la perfección, pero con trabajo a destajo y la inteligencia más básica ha conseguido adaptarse perfectamente al ecosistema de la primera división, al igual que su equipo.

Arru es uno de esos futbolistas que se caracterizan por ser un incordio más que un peligro, que pelea, se mueve para abrir espacios a sus compañeros y con la pelota se limita a hacer lo esencial. Su juego se ajusta a la máxima de Javier Aguirre, entrenador a quien yo considero un perfecto Brad Gilbert del fútbol: “Un jugador no llega a tocar el balón ni dos minutos en un partido. ¿Qué hace los restantes 88 minutos? Mi tarea consiste en observar los 88 minutos que el jugador no está con el balón”.

¿La perfección? Habrá unas cinco veces al año en que te despiertas perfecto, en que no puedes perder contra nadie. Pero no son esas cinco veces al año las que te hacen jugador de tenis. Ni ser humano, ya puestos”.

Así debió de despertar el equipo armero el pasado lunes, que venció por 5-2 al Almería en uno de esos días en los que estuvieron perfectos. Se trata sólo de la última proeza de este Eibar, que hace historia no porque gane, sino porque deja caer a sus rivales. Pura y aplastante gravedad.