En cada encuentro del Rayo Vallecano, sin excepción, calienta en la banda durante la segunda parte un angoleño de casi dos metros. Durante su habitual rato en el césped, aprovechando su imponente estatura, amenaza a las defensas rivales con rematar a gol cualquier cosa que caiga del cielo. Muy pocas veces lo consigue, pero es un plan que por lo menos intimida al equipo contrario.
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| Manucho, siempre incordiando a la defensa rival. FOTO: elcorreo.com |
La trayectoria de Mateus Alberto Contreiras Gonçalves, más conocido como Manucho, se ha caracterizado por el ruido más que por sus goles, lo que no le ha impedido asentarse en una competición como la Liga BBVA. Ese ruido comenzó pronto, en uno de esos bautismos balompédicos que parece que se hacen tan a mala leche. Algún gracioso quiso apodarlo ‘el nuevo Drogba’. La broma parece que coló y fichó por el Manchester United. En Old Trafford apreciaron pronto las condiciones del angoleño, así que no tardó en convertirse en mercancía barata. Tras unas infructuosas cesiones en Panathinaikos y Hull City, fichó por el Valladolid.
Sus inicios en España también tuvieron sorna. Según lo que pareció ser un error de traducción (quien sabe si el intérprete fue el mismo gracioso que el del apodo), Manucho dijo en su presentación que se había marcado la meta de alcanzar 30 o 40 goles esa temporada. A pesar de todo, el equipo pucelano ha sido el gran romance de su carrera. Una de esas relaciones bipolares y extrañas, un ni contigo ni sin ti que parecía condenado a durar poco pero que aguantó seis años con la tontería. Al que apodan como la palanca negra sobrevivió a dos cesiones en Turquía y a que Djukic lo apartase del equipo. Y es que, a la hora de la verdad, el equipo blanquivioleta no quería desprenderse de esos casi dos metros de altura que para algo podían servir. Por ejemplo, hacer del Rey Mago Baltasar en la pasada cabalgata.
Finalmente, este verano sí pasó. Manucho hizo las maletas para desembarcar en el Rayo Vallecano de Paco Jémez. Una vez más, no vino para ser el goleador que probablemente ya nunca sea, con solo un tanto en 16 partidos. Sin embargo, se ha convertido en un recurso que los franjirrojos usan prácticamente en la recta final de cada encuentro. Manucho, en sí mismo, no significa peligro para el rival, pero sí sensación de peligro para éste. Con su envergadura y su poderío físico, condiciona a las defensas contrarias para provecho de sus compañeros, que casi nunca para el de sí mismo.
En definitiva, no fue ni la mitad de bueno que Drogba. Si juntamos todas sus temporadas en Primera, todavía ni ha alcanzado los 30 goles falsamente prometidos. Sin embargo, es ese mismo ruido intimidatorio que lo acompaña el que ha hecho de la palanca negra algo útil.
